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viernes, 11 de agosto de 2017

recordar...un mundo más felíz

Un mundo más felíz, el de la infancia. Tal vez digo más felíz porque ya casi no nos acordamos de las cosas feas que nos pasaban, y solo filtramos las buenas...

Un scanner apareció por acá, y comencé a digitalizar fotos de un viejo álbum. Y ahí estoy, y el recuerdo vuelve a veces, o nunca se perdió.

En esta foto estoy con mis abuelos Yaya y el Bue, y con mi bisabuela Lala. Ese bonete que llevo, aun lo tengo guardado. Fué mi cumple de 6, el último cumple en la pobre, pero hermosa casa de Saavedra, con el fondo de la ligustrina, del terreno de la esquina de Superí y Correa que el Bue sembraba de flores. Por eso, no sé si fué un gran momento, marcó el final de nuestra vida allí. 


El Bue ya estaba muy enfermo. Se lo ve doblado y parece mucho mayor, murió un par de años después, a los 64 años. Era un tipo muy jóven para morir, pero las enfermedades no distinguen edades. Yo lo adoraba con toda mi alma, fué la primera pérdida que sufrí.

En la foto siguiente, tengo un vestido de bailarina que me había hecho Yaya para carnaval. La verdad es que no recuerdo si fuimos o no al corso, seguramente fuimos a Cabildo, lo que sí, hubo una sesión de fotos en el jardín del Bue, tomadas por mi papá que por esos días vivía con nosotros.

Y recuerdo tal cual fué ese momento. Esa hamaca roja me la trajeron los reyes, y fué colgada en un árbol del terreno. Mi papá, de unos 30 años en ese momento , era fanático de Sandro, y yo también!. Y estaba con toda esa bocaza abierta, cantando "Tengo", que era mi canción preferida. Cómo puede uno recordar tan minuciosamente una escena de su vida? Como recordé hace unos años, en un taller de teatro, la casa de Saavedra, todos sus ambientes, sus dos patios, el patio grande y el patio chico, el gallinero, que ya no era gallinero, el níspero al final del terreno donde vivían unas ardillas imaginarias, y en ese ejercicio teatral, me emocioné y recibí una felicitación, fué una tristeza muy grande, saqué el sentimiento, no es un recurso que me entusiasme el emotivo, pero hay que probarlo...

Hace poco leí "La casa" de Manucho Mujica Lainez, y esa casa sentía que la estaban tirando abajo, poquito a poco, un día una parte, otro día otra, un día fluía un recuerdo, otro día otro.... y asi, hasta el final... Y la vieja casa de Saavedra, de madera y chapa, con su galería enrejada, con sus sillones de mimbre, y sobre todo con sus plantas y senderos, una vez que nos fuimos, fué demolida también, y yo sentía el dolor de las plantas, del trabajo de tantos años del Bue, es como esa ilusión mía de ahora, ver la flor del almendro, y no perdérmela,  no importa lo que pase después.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Canciones de la infancia, de muchas infancias

Yo tuve a mi bisabuela, de aqui en más Lala , la madre de Yaya, mi abuela paterna, hasta mis 13 años. Vivimos las 3 juntas siempre, después de la muerte de mi abuelo quedamos solas.  Para ser muy sincera, no era fácil la relación de una adolescente con una mujer de cerca de 80 años, ni siquiera los llegó a cumplir. De lo que sí tengo certeza y recuerdo, es de lo mucho que me quería, y de todo el tiempo que pensaba en mi, en comprarme algún regalo, en tejerme ropa o algún bolso, en hacer una comida rica. 
No sé como es el mecanismo de nuestro cerebro, que de golpe nos hace recordar cosas que teníamos guardadas durante años y años. Lo cierto es que el otro día estaba en la cocina haciendo algo de comer, y empiezo a tararear en mi pensamiento, y a tratar de recordar, la letra de una canción que ella cantaba. Lala había nacido en Castilla la Vieja, y si bien tenía la escuela primaria de aldea, su castellano era perfecto y su léxico podría describirse como frondoso, por decirlo de alguna forma. Canciones como la que dejo en el blog, cantaba muchísimas, algunas de tipo religioso como esta, otras picarescas, otras muy tristes, de caballeros y damas medievales, o de chismes de pueblo, que ponían en evidencia a cualquier vecino en su mismísima ventana. En fin, se me ocurrió en algún momento que esas letras eran irrecuperables, pero aquí está, internet es muy poderosa y aqui va la canción del milagro de San Antonio con los pajaritos que se comían el sembrado en la huerta de su papá.

domingo, 17 de junio de 2012

ficción 3: el llamado

Hasta los 6 años estuvo Pablito con los abuelos. No sabemos bien por qué, pero a veces, y doy fé de ello, a los padres, una vez nacidos, los hijos les molestan. También hay parejas que viven en una habitación o una casita refaccionada en el fondo de la casa de los padres de alguno de los dos, y los chicos se crían más con los abuelos que con los padres, ya sea porque los padres trabajan, o simplemente, como dije antes, porque los chicos molestan, y los abuelos siempre, o casi siempre, están presentes, y finalmente y en la mayoría de los casos son referentes más importantes en la vida, que los mismos padres.

El caso de Pablito no lo sabemos bien, pero lo que sí sabemos es que cuando nació los padres vivían en la casa con los abuelos maternos, en la zona oeste de la provincia de Buenos Aires,  y con una madre sin carácter y un padre autoritario, éstos se ocuparon de criarlo en sus primeros años. La casa tenía terreno, perro, gallinas, árboles frutales, lugar para jugar, amigos y cariño.

A los 6 años de casada, la madre de Pablito quedó embarazada por segunda vez. Durante este embarazo fué que se mudaron de la casa de los abuelos a una vieja casa  que el padre había comprado a medias con un amigo en el barrio de San Cristobal.  Pablito sufrió la separación del barrio y de los abuelos, del terreno, de los chicos para jugar en la vereda, del sol de la mañana en las afueras de la ciudad, tanto como los celos por el nacimiento de su hermano. De todos modos, veía a los abuelos de vez en cuando, a veces iban a visitarlo a la ciudad, o a veces iban ellos a comer los domingos.

Como siempre en las familias se habla de dinero, hay celos, envidia, situaciones desagradables de todo tipo, y cosas que jamás se cuentan. El padre de Pablito se enojó un día  con los suegros, nunca se supo por qué ya que era un hombre de pocas palabras, casi ninguna. Como resultado de esta pelea no dejó que los abuelos vieran más a los nietos. La madre no hizo nada para revertir la situación y si el marido lo decía estaba de acuerdo, aún con decisiones sin sentido y separaciones absurdas.

La tristeza de los abuelos fué tremenda, más que nada extrañaban a Pablito, ya que el otro nieto era aún muy chiquito para entender quienes eran. Los domingos fueron grises, oscuros, ya no se escuchaba la risa ni había motivos para seguir adelante. Ese hombre les había cercenado la felicidad. 

Un día en silencio, el abuelo tomó el tren, luego un colectivo, y se metió a tomar un café en un oscuro bar de San Cristobal, cerca del colegio de Pablito, y esperó , esperó. Y Pablito salió de la escuela al mediodía, y pasó por la puerta del bar, camino a su casa. El abuelo, sentado en un lugar desde el que podía ver la calle, lo llamó desde ahi. Quería solamente verlo y abrazarlo. Pablito escuchó nuevamente la voz que tanto extrañaba desde hacía tanto tiempo , giró la cabeza y vió al abuelo sonriente, sorbiendo unos lagrimones de emoción. Corrió hacia la mesa adonde estaba, lo abrazó y besó, y no podía quedarse mucho tiempo más  porque tenía que llegar a almorzar a su casa. Se miraron, había pasado mucho tiempo de deseos contenidos de volverse a ver.   Los años pasaron, las relaciones se fueron ablandando de alguna forma y los nietos crecieron y tomaron sus propias decisiones. Pablito, cuando pudo viajar solo, ya en la secundaria, esperaba ansioso los fines de semana para tomar el tren y visitar a los abuelos.

 Y pasaron más años, y los viejos se volvieron niños y los niños adultos. Y  los dos tienen hoy algo guardado: Pablito hombre lleva consigo la imágen de ese abuelo sentado en el bar y el sonido de su voz llamándolo, en ese momento supo que  el abuelo no le falló . El abuelo  hoy niño lleva la mirada de Pablito al darse vuelta al oir su llamado, Pablito tampoco le falló.