
Como me gusta hacer, manejando a la ida, y a la vuelta descanso, antes de llegar a Liniers ya se largó la lluvia, no se veía muy bueno el cielo antes de salir, pero pensé que sería otro de esos tantos días en los que igualmente uno debe ir a remar porque la lluvia amenaza pero finalmente sale el sol. Esta vez fué más vengativo el clima, y la lluvia no paraba. Pensamos en dar la vuelta, pero finalmente, habiendo pagado todos los peajes de la autopista, llegamos a Cortines, o Cortinez, como parece que era antes.
Llevábamos preparados los sanguchitos para el picnic, asi que fueron comidos en el auto, mirando la lluvia tan mágica en los pueblos calmados no sabemos si con una infusión de vida con sus casas bajas con jardines repletos de flores y sus calles arboladas, o con esa trágica sensación de que ya no somos lo que fuimos, casi nadie viene a vernos y ni el tren se detiene a contemplarnos.

La lluvia de a ratos paraba, fuimos a ver la iglesia, la estación, la escuela y , como decían los viejos , pará de contar, no hay mucho más para ver.Caminamos un rato, compramos mandarinas y una plantita, y enfilamos para Carlos Keen.
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Nuevamente bajo la lluvia fuimos a ver la estación, bastante decepcionante el estado en el que se encuentra. Aparentemente funciona aunque es una parada facultativa, esto quiere decir que el tren se detiene en ella sólo si hay algún pasajero para subir o bajar del tren.
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Finalmente, la escuela, que me causa una sensación parecida a las escuelas rurales o las del delta, de contención, todo lo contrario a lo que veo en las escuelas de la ciudad, que siento como una especie de cárceles o cuarteles.

